El consentimiento al desnudo: contratos, instituciones y voluntades.

 

 


Alejandro Martínez Ruiz.

 

Un contrato es una figura jurídica que parte de la abstracción de las condiciones de vida, las relaciones de producción y de propiedad, y la distribución del excedente entre clases dentro de una sociedad; de ahí que solo importen las obligaciones de las partes, las cosa sobre las que recaigan y lo más importante: que las partes consientan libremente en obligarse sin la interferencia de causas nocivas provenientes de otra agencialidad humana exterior[1]. El resto, como se suele decir, no está en el mundo.

Supongamos un migrante, desnudo en términos de formación cualificada y demandada en el mercado de trabajo justo en ese momento; alguien sin red contactos, afiliaciones a grupos de presión o amistades con capacidad de cabildeo; alguien sin ningún tipo de propiedad con la que defenderse de rentistas en el exterior hostil, más allá de un puñado de billetes para pagar la comida y el techo esa noche; alguien preso de la barrera idiomática, recién desembarcado en un país extraño en sus usos y costumbres. Hagámonos a la idea, por darle algo más de cuerpo y piel al ejemplo, que se trata de un trabajador gallego que recién recala en el puerto de la Habana en marzo de 1854, llegado a Cuba contratado por la Compañía Patriótico Mercantil dirigida por el fundador, administrador y patrón Urbano Feijóo Sotomayor. O bien se trata de un famélico oriundo de Galway, huido de la Gran Hambruna irlandesa provocada por la enfermedad de la patata, esa que costó un millón de muertos y otro millón de emigrados, como nuestro hombre, campesino aparcero que, tras ver morir a dos de sus hijos y a su mujer por enfermedades relacionadas con la desnutrición severa, vende todo lo que tiene, apenas el menaje de madera de su casucha alquilada al señor de la tierra y una pequeña joya familiar, obteniendo lo justo para un pasaje a las Américas, quien finalmente recala en el puerto de Nueva York en 1861. No es el caso, pero nuestro hombre, bien podría ser aquel que firma un documento puesto frente a el por las autoridades en el mismo puerto, en virtud del cual acepta servir en el ejército de la Unión a cambio de obtener la ciudadanía estadounidense; y aún cansado del viaje se pone el uniforme, hace el petate y vuelve a subir de nuevo a un barco en dirección al frente, mientras fervientes seguidores de las políticas anti-irlandeses les escupen y apedrean.

 

Grabado que representa a un grupo de inmigrantes de Europa oriental que, por razones políticas y/o regionales buscaron nuevos horizontes en los Estados Unidos. Fuente: Ridge, M. (1993). Atlas of American Frontiers, Chicago: Rand McNally, p.91.

 

En cualquiera de los dos ejemplos, el del gallego en la Cuba de ultramar y el del irlandés en la Nueva York de la Unión, cabría preguntarse sí, dadas sus circunstancias y el conjunto de instituciones donde se encuentran, estos hombres estarían capacitados para rechazar el primer contrato de trabajo que les ofrezcan nada más arriarse del barco, y cuyas condiciones fueran infralegales tanto en jornada como en salario. La respuesta que creo anticipar unánime sería un no taxativo: podemos convenir que aquí la agencia de esas personas estará severamente disminuida por las circunstancias institucionales, tan densamente mediada por estas que casi pasa a estar determinada por ellas.

Al contrario de lo que aquí se dice, otros arguyen que nadie ni nada controla la decisión que toma el individuo en ningún caso: por muy aciagas que sean las circunstancias el individuo siempre tendrá, en el abstracto reparto del poder causal, el control efectivo; «los contratos voluntarios, por desiguales que sean, preservan la agencia individual: el migrante puede rechazar, negociar o migrar de nuevo, aunque la pobreza limite sus opciones (sic)» (Grok, 16-11-2025) nos dice un famoso modelo de lenguaje desde una perspectiva abiertamente liberal. La validez del contrato, por tanto, no puede viciarse por las circunstancias: solo la «violencia» ejercida por otro, como tal, vuelve ilegítimo tal contrato. Además, y por lo que respecta a la tesis de la libre agencia, afirman que nuestros protagonistas migrantes siempre pueden optar por trabajar para otra empresa; que podrían optar incluso por reemigrar a otro país; que podrían escoger, incluso, por salirse del asalariamiento mismo y hacerse empresarios. Veamos si estos argumentos tienen algún sentido.

Volvamos al desembarco. El frío es tal que hace molicie de los huesos; nuestros protagonistas rebuscan en sus bolsillos, obteniendo una mezcla de polvo, pelusa, tabaco rubio rancio y un trocito de papel hecho un higo. Mientras arman de mala manera ese último cigarrillo cuyos rudimentarios trozos fueron prestados por otro congénere amable en algún momento de la travesía, meditan la conveniencia o no de aceptar oferta de trabajo. Gallego a irlandés tienen dos opciones, tres si nos ponemos camusianos y reponemos en el suicidio; pero reduciendo el asunto a dos: o bien trabajan para los capitales existentes en las condiciones de explotación legales o infralegales ofrecidas[2], o bien puede optar por la indigencia. En un contexto decimonónico, donde el Welfare state aún no existe, y la vida humana mide su valor por niños menores de diez primaveras perdiendo dedos en las máquinas de hilar, es muy probable que estén optando realmente por morirse de hambre. Tengo el oído cansado del martilleo contumaz ejercido por personas cuyo linaje está más cercano al reproductor de sonido que al de un ser humano, con solo un puerto de entrada por donde recibir del código a reproducir; y cuando pulsaba ese clic imaginario en mitad de su frente, tiesos como carabinas, empezaban a recitar lo que sigue: «en países avanzados contemporáneos nadie se muere de hambre», como queriendo decir que, si uno no acepta trabajar, a lo máximo que se expone es a la indigencia, no a la muerte; lo que en el fondo es blanquear la situación del concepto «muerte civil».

De todos los terrores que tienen las personas socializadas en la cosmogonía occidental, hay uno por encima de todos: el miedo a quedarse sin dinero. En la sociedad mercantil, cada libra, cada vellón, cada euro, cada dólar es un gramo de libertad y de poder asociación con el grupo humano. Estar sin dinero equivale a estar desahuciado, disociado, escindido de la colectividad. Estar sin dinero, o en muchos casos, debiéndolo en forma de deuda, equivale a de facto a la pérdida de los derechos civiles: sin dinero, a uno le está vedado relacionarse con las cosas -derechos reales- y de igual forma a relacionarse con las personas -derechos de crédito-. Uno no puede suscribir un contrato de suministro de telefonía móvil, ni abrir una cuenta bancaria, indispensables para operar social y monetariamente en el presente; menos aún puede oponer frente al mundo una propiedad que le facilite un techo. Si además ese dinero se debe, cada acto en el tráfico es perseguido, fiscalizado y embargado, impidiendo de iure y de facto cualquier transacción de entidad salvo que se recurra a un testaferro.

Sin dinero, nuestros protagonistas decimonónicos y también las buenas gentes del presente quedan inmovilizados e invisibilizados, como de hecho ocurre con los pedigüeños y mendigos, quienes sufren un rápido proceso de reificación: al nivel de las farolas, las esquinas o las papeleras. Su única salida es instrumentalizarse para acceder a la fuente de renta regular del régimen institucional en el que se encuentren en cada tiempo, en el caso del capitalismo, el trabajo asalariado.

Bajo ese arreglo institucional opera el látigo del hambre, disciplina del desempleo forzoso, forma una regularidad social con una densidad ontológica tan marcada que impone su control sobre las personas; impone un rol, el de ser obrero, definido por la ausencia de propiedad sobre cosas que funcionen como fuentes de renta de las que poder vivir y determinado a emplearse para financiar su subsistencia; algo infranqueable por su agencia individual. Como entidad biológica, el humano está sujeto a restricciones fisiológicas y a necesidades sociales de muy diversa índole, aunque aquí, en una reducción muy considerable de esas restricciones y necesidades, nos quedaremos con aquellas relativas al hambre, el sueño, el vestido y el techo. Nuestros protagonistas necesitan al menos eso desde el minuto uno, el factor tiempo camina en su contra, el metabolismo sigue funcionando, animales de sangre caliente demandan proteínas para mantener homeóstasis y para movilizarse. Además, el salario siempre se paga al final de la semana o del mes según las costumbres del país, empleando al obrero durante ese tiempo. No pueden esperar. No hay opción, en consecuencia, para rechazar el empleo que reciban, por esclavista que sea.

Supongamos ahora que nuestros migrantes gallego e irlandés siguieran teniendo agencia individual porque, como sugieren los defensores del argumento liberal, pueden aceptar el trabajo y siempre les quedaría renunciar a él más adelante: dimitir con gran sorna exhibiendo el dedo corazón a quien hasta hace un instante era dueño de un buen trozo de su tiempo. Hela aquí la refutación: es cierto que la renuncia es libre y voluntaria y pueden hacerla en cualquier momento, y, aun así, nunca podrán emanciparse de la relación salarial general; los ahorros, de haberlos, se acabarán; las prestaciones, de existir, se extinguirán; los alimentos compartidos de las redes familiares finalmente se tensionarán. Tarde o temprano, tendrán que buscar otra fuente de ingresos, siendo el trabajo la fuente regular para el desposeído. Así pues, siendo cierto que pueden elegir salirse de una relación laboral concreta, pero sin ser titular de fuentes de renta ajenas vender la capacidad de trabajar, no pueden hacer lo mismo con la relación laboral general. Por ende, esa agencia para renunciar y dimitir a placer solo actúa en tal o cual empleo concreto, pero resulta subordinada a la relación salarial general, inane para transformar sustancialmente el rol de quien es parte del polo obrero; si nuestros protagonistas gallego e irlandés fueran campesinos bajomedievales, diríamos que ostentarían el privilegio de no estar sujetos o vinculados a la tierra de tal o cual señor pero no para adquirir el título de duque y transferirse de un estamento a otro.

De igual forma, emprender tampoco es una vía que necesariamente conlleve la emancipación de la condición obrera. El problema de autoemplearse, del trabajo autónomo —vía habitual del inicio de un empréstito desde la desposesión— es que se describe desde el individualismo metodológico. En consecuencia, la explicación de su desarrollo descansa en los atributos personales como el «ahorro y trabajo duro» o la voluntad prometeica del actor, en lugar de descansar en la realidad institucional: una empresa persona física es siempre un proyecto empresarial subóptimo en un ambiente escalar ultra competitivo y densamente consolidado desde hace doscientos veinticinco años y contando. «Hacerse» empresario no es un acto individual, aunque lo parezca. Lograr hacerse con un hueco en el mercado y detentar la propiedad de una unidad productiva con un nivel de rentabilidad que permita al empresario tener suficiente capital como para autofinanciarse o financiarse ultrabarato, saliendo del círculo vicioso de tener que recurrir a los rentistas del dinero y el interés -bancos y entidades financieras- es una tarea titánica; lograr que la empresa cultive economía de escala y optimización de procesos como para barrer a la competencia en sector donde esta opere es de nuevo, una tarea titánica; en definitiva, superar barrera de dejar de trabajar para pasar a vivir de los dividendos y del sueldo de varios millones por sentarse en el consejo de administración haciendo «trabajo» de alto nivel es de nuevo, una tarea titánica. La Titanomaquia es el corazón del mito griego, y aquí que cada cual entienda, pero desde luego, el poder causal de estos seres está en una magnitud inconmensurable respecto al ser humano promedio.

Según Forbes, más de la mitad de la fortuna acumulada por los 100 españoles más ricos recae sobre 28 octogenarios; la mayoría son empresarios que convirtieron sus pequeños negocios familiares en multinacionales hace cuatro décadas; supieron navegar las aguas del desarrollismo franquista, combinar sus contactos en un estado corrupto y pilotar de forma hábil la explotación infralegal de los más vulnerables hasta consolidar una posición plenamente optimizada cultivando fruto industrial. Amancio Ortega no habría levantado su emporio global si no hubiera tenido a su disposición a decenas de viudas cosiendo en sus casas, con pagos a destajo -por pieza- por debajo de convenio, sin alta en Seguridad Social -en «negro»-, ahorrándose ese casi 25% en sueldo indirecto de prevención social que no ingresaba el Estado para las prestaciones futuras de la trabajadora; y lo que es más sangrante, protegido por la seguridad de que, al coser en su domicilio, el acceso de la Inspección de Trabajo se torna imposible.

Estos grandes emporios son hijos de una época concreta; una de expansión y desarrollo del capitalismo a nivel global y nacional, cuyos nichos de negocio, caladeros de rentabilidad y oportunidades de hacerse rico produciendo y vendiendo mercancías estaban ahí, «abiertos», «disponibles» para ser saturados por los capitanes de la industria nacidos en los cuarenta. Hacerse empresario y llegar a ser un industrial rico dependía de situaciones estructurales y objetivables causalmente ajena a agencia individual de un genio creador-operador capaz de contar con los atributos personales idóneos para el éxito. O dicho más claramente en román paladino: bastaba estar en el lugar y lugar precisos, contar con los contactos, los recursos, las propiedades y no ser demasiado tonto; fue el tiempo, el momento oportuno, el kairós, la diosa fortuna si se me apura, más que el aleatorio despertar del gen superheroico del «hombre económico».

Aquellos tiempos ya no son los corrientes. Actualmente, el sistema capitalista se encuentra gripado. La maquinización del trabajo ha estrangulado la fuente de nuevo valor, siendo cada vez más difícil obtener beneficios. La saturación espacial de los mercados globales, con un mundo del todo abierto a Ley del Valor, reduce el ritmo de creación de nuevos nichos rentables. La tendencia decreciente de la tasa de ganancia[3] no solo está demostrada teóricamente, si no que está garantizada por una masa creciente de evidencias empíricas, siendo ya tan indiscutible como la relatividad general de Einstein o el mínimo de Liebig. En consecuencia, los límites de esta forma social se manifiestan no solo en el desempleo de las personas, si no el desempleo del dinero: incapaz de reinvertirse de forma rentable en la producción de cosas y nuevas tecnologías, se estanca y se pudre, recurriendo al suelo físico o digital para reproducirse como pura albarranía -rentismo-. La huelga de inversores, determina la ralentización de implementación de nuevas olas tecnológicas al modelo productivo, imponiendo una agenda de estancamiento, pérdida de innovación y productividad. Los grandes capitales ya consolidados se suman a una pugna desaforadas por buscar, crear y adquirir nuevos mercados al precio, saquean sus jurisdicciones políticas, y ejercen su poder monopolístico para levantar enormes barreras de entrada a nuevos competidores. De acuerdo con el Instituto Federal de Tecnología de Zúrich –pág. 6/36-, 147 corporaciones controlan el equivalente al 40% de la red corporativa global. El 80% del total lo gobiernan tan solo 737 empresas. La emancipación de la condición obrera por vía del emprendimiento nunca puede ser masiva, sino extremadamente selectiva; no obstante, la tendencia actual visto el desarrollo institucional del tardocapitalismo, es que la sociedad de clases camina hacia una encastación estamentaria. De hecho, el polo obrero cada vez encuentra más difícil obtener renta de mercado: el avance sectorial de la automatización continúa desplazando al componente humano de la producción provocando una crisis distribucional laboralmente focalizada. Mientras que el trabajo necesario para gobernar los medios técnicos híper-capaces obtiene un enorme poder sistémico, aquel que resulta redundante para la reproducción de los ciclos acumulativos estará condenado a una precariedad distribucional creciente.

En consecuencia, nuestros protagonistas, recién llegados a sus destinos portuarios, no podrían negarse a ese a primer contrato por mucho que quisieran; tras un tiempo de explotación considerable, quizás podrían rotar entre jefes -el derecho contractual a elegir señor salarial- pero nunca podrían dejar de tener un jefe, ni tampoco escapar convirtiéndose por birlibirloque en clase propietaria por mucho que quisieran.

La voluntariedad contractual de nuestros protagonistas, así como la preminencia de agencialidad humana como poder causal final no dejan de ser abstracciones. El contrato liberal es solo entre libres e iguales; el contrato democrático-republicano lo es entre libres, iguales y propietarios de fuentes de renta. El consentimiento liberal no es el punto y final de un negocio sinalagmático que ha repartido del mundo ex nihilo, definiendo la estructura de la propiedad y la distribución de los excedentes, todo aquí y ahora; el consentimiento liberal es una adhesión a un mundo prefabricado y predefinido según ciertos arreglos institucionales que ya vienen sancionados por el pasado y la tradición y que no está sujeto a revisión: lentejas, las tomas o las dejas.

La ficción contractual civil se observa con nitidez precisamente en los momentos históricos de transición entre un régimen de explotación del trabajo a otro; en este caso, de la esclavitura al asalariamiento. En los Estados sureños, terminada la Guerra Civil Americana y recién abolida la esclavitud, los negreros no perdieron sus explotaciones tal y como cabría pensar; al contrario, mantuvieron íntegras sus haciendas, ahora como patronos, haciendo que los negros liberados —también libres de cualquier tipo de acceso a propiedad, excedente o fuente de renta— firmaran contratos con un salario equivalente al alimento, ropa, y techos recibidos hasta entonces.

Según America's History to 1877, Vol. 1: de James. A. Henretta et al.:

"Sobre el papel, la emancipación había costado a los dueños de esclavos unos 3.000 millones de dólares—el valor de su inversión de capital en antiguos esclavos—una suma que equivalía a casi tres cuartas partes de la producción económica nacional en 1860. Sin embargo, las verdaderas pérdidas de los plantadores dependían de si perdían el control de sus antiguos esclavos. Los plantadores intentaron restablecer ese control y sustituir la comida, la ropa y el refugio que sus esclavos habían recibido previamente por salarios bajos. También se negaron a vender o alquilar tierras a los negros, con la esperanza de obligarles a trabajar por salarios bajos.»

Queda demostrado que la libertad de elección de los libertos fue abolida materialmente por esa brutal desigualdad de partida en la estructura de la propiedad, y la consiguiente diferencia de poder negociador que obtiene cada una de las partes del contrato; poder negociador que no deja de ser otra forma de llamar al poder político.

Veámoslo con más detalle: los negros libertos recién emancipados se encontraron de repente arrojados de los barracones a los caminos. Aquel espacio que se abría ante ellos no se encontraba en un virginal como si la emancipación hubiera retrotraído la historial doscientos mil años atrás, desde luego que no: aquello era orden cultural y social específico mediatizado y manufacturado por el ser humano de mediados del siglo XIX, en una sociedad saturado de instituciones, siendo sacrosantas la Propiedad, el Contrato y la Pena, entre otras. Estas gentes no podían ir a ninguna parte a hacerse a copio de medios de vida, porque del el Nuevo Mundo recién descubierto, de tierras sin horadar y apenas cartografiado ya nada quedaba en siglo XIX; cada trozo de monte estaba cuarteado físicamente con bajomuros de piedra, tablones de madera y mayas de acero, y simbólicamente por ortogramas en catastros y registros. Otra vez la institucionalidad del registro, de la propiedad, y de la medida «produciendo» sociedad humana organizada en un sentido muy concreto: el de la apropiación. En estas circunstancias, los medios de producción primarios venidos de la revolución neolítica -como son las tecnologías de la siembra y la domesticación-, les estaban vedados, porque ya pertenecía a otros según la institución de la propiedad; propiedad que no es que el derecho señorial de albarranía, la licencia otorgada y protegida por el Estado en virtud de la cual, el dueño cuenta con el poder físico y simbólico de excluir a los demás del uso de una cosa, un poder erga omnes, frente a todos[4].

Pues bien, esos ciudadanos «recién nacidos» no podían echarse al monte y por derecho de ocupación, hacerse con un terruño y dedicarse a sembrar. Y ya se sabe que, en los Estados Unidos, al usurpador de cosa ajena no le espera el tratamiento humanitario europeo, si no la autotutela yanki: el softpower estadounidense en su vector cinematográfico, me representa en la mente al típico sureño en el porche con la espiga de trigo en la boca y la escopeta de dos cañones en ristre, dejando seco de un plomazo -especialmente si es negro- al grito de «fuera de mi propiedad» a cualquier que osase equivocarse al cruzar una cerca. En la gestión de aquel mundo, el peso político de esa nueva facción trabajadora recién liberada era tan sumamente bajo, que nada impedía al capital utilizar su poder negociador para imponerle las condiciones distribucionales más humillantes posibles. Para ofrecer empleo a cambio de un plato de comida y un techo, sin prestación salarial alguna y con amplios condicionantes de naturaleza personal-feudal. Son los conocidos como Códigos de Negros, siendo pionero el Estado de Texas, cuando promulgó el suyo en 1866.

En estos textos que recogían materias propias de códigos civiles y laborales, imponían todo tipo de cláusulas a favor de la nueva planta patronal. Se recogían los llamados contratos de aprendices, donde los menores negros libertos podían elegir trabajar para los antiguos amos por sueldos bajos sin que los padres o los tutores legales pudieran invalidar tales contratos. En lo que se refiere a lo que hoy llamamos despidos disciplinarios, las causas favorables al empleador eran múltiples, pudiendo dejar al obrero negro en la calle con la obligación de pagar fuertes indemnizaciones solo por no cumplir con nebulosas nociones de buena fe contractual, hasta el punto de poder ser procesados penalmente. La dimisión del obrero a voluntad y sin consecuencias pertenece a la esencia del contrato de trabajo; pero en el caso de obrero negro este debía cumplir con el contrato de trabajo en su integridad, sujeto en caso contrario a la pérdida de los salarios devengados.:[5]

Fotografía que retrata a un hombre negro bebiendo agua de una de las conocidas como «fuentes segregadas», en este caso, vemos que lo hace en la asignada a su rol de apartheid, pues reza un cartel «colored» -de color- que lo indica. Alrededor de los años cuarenta, EEUU. Autor de la fotografía: Russel Lee.

 

Tuvieron que pasar décadas, y acontecer varias intervenciones gubernamentales -algunas gasta militares- del réprobo leviatán estatal para que los negros pudieran «salir», al menos parcialmente, del espacio de dominio mercantil de sus antiguos amos.

El consentimiento abstracto, la autonomía de la voluntad contractual, sufre ceguera al observar previo estado de cosas existente, del reparto de cartas anterior a nuestro arrojo al mundo, de las circunstancias que existen y han sido legadas por el pasado, de la «tradición de todas las generaciones muertas oprimiendo como una pesadilla el cerebro de los vivos»[6]; y por la misma razón, es inane a la coerción espectral-estructural, a través del régimen socioeconómico capitalista, que opera a través de una compulsión económica, ese «Otro» de naturaleza social e institucional, la rama violenta de la no no-violencia. No por nada, hasta los muy liberales escribanos y archiveros que parieron los Códigos Civiles del siglo XIX se guardan algunos límites sutiles, que no es más que un reconocimiento tácito de lo que aquí se dice, una excusatio non petita. Por ejemplo, el Código Civil español de 1889 en su art. 1583 afirma que el «arrendamiento hecho por toda la vida es nulo». Es importante tener en cuenta que el término arredramiento al que se refiere incluye no solo el arredramiento de cosas habitualmente inmuebles, sino también el arrendamiento de servicios laborales hecho entre personas.

Por otro lado, la opción consciente de recurrir a no a trabajar, es decir, a la indigencia, la muerte civil y la muerte de hambre no era para nada libre. El Estado, como aparato político comprometido con su régimen socioeconómico[7], tenía que velar por un suministro de trabajo que permitiese el monocultivo regular de plusvalor. En consecuencia, se recurrió al concepto de vagancia, que establecía que un liberto era considerada vagabundo si estaba desempleado y carecía de residencia permanente; una persona así definida podía ser arrestada, multada y obligada a cumplir una condena de trabajo forzoso si no podía pagar la multa. En algunos Estados, una vez un negro libre era condenado como vagabundo, y no podía pagar la multa, era forzado a subastar su trabajo entre patronos que pujaban a por el mismo.[8]

Algo que no ocurrió solo en la Época de la Reconstrucción post Guerra Civil Americana en los Estados sureños, si no que fue tónica general de las legislaciones de los Estados Modernos durante el tránsito del feudalismo al capitalismo, con las llamadas Leyes de Pobres, diseñadas para la formación y disciplinamiento de la incipiente clase obrera, destacando las llamadas «casas de trabajo» entre otras muchas realidades que no podemos ver aquí. No obstante, insistir en que tales legislaciones se redoblaron en los países pioneros en la industrialización del siglo XVIII y XIX, legislaciones que se extendieron incluso hasta el siglo XX, como la Ley de vagos y maleantes de 1933 en España, que mezcla nociones de peligrosidad con categorías de población sobrante lumpenizada -prostitución, homosexualidad, mendigos profesionales, vagos, etc.- para su disciplinamiento a través de multas y correccionales. Como anécdota, conste que, en alguno de los Estados del «País de la Libertad», deambular sin rumbo fijo, caminar de forma contemplativa, disfrutar de un paseo, estar en la calle sin hacer nada ni molestar a nadie, equivale infracción administrativa con sanción pecuniaria; es el concepto conocido como loitering. Es una forma de privatización del espacio público, muy relacionado con la muerte civil, pues uno solo puede socializar con los demás seres humanos a través de relaciones mercantiles, consumiendo, ejerciendo demanda solvente -lo mínimo es tomarse una café o una cerveza-; de otra forma, sanción. Pero también es, como mencionábamos arriba, una forma de disciplinamiento de la fuerza de trabajo renuente a emplearse voluntariamente.


 

Hasta ahora hemos ido refutando las diferentes réplicas en virtud de las cuales se sostenía la voluntariedad contractual de nuestros protagonistas, así como el peso de la agencialidad humana como causa material última frente a la institucionalidad social.

Pero para proteger con una garantía tales respuestas, el liberalismo establece tácitamente un marco ontológico intersubjetivo, es decir, una definición de la sociedad, basada de nuevo, en el individualismo metodológico, sobre la que descansa la defensa. Situando el individuo -sea lo que sea esa cosa- en el centro, dándole una posición privilegiada y preeminente, la sociedad no sería más que el rastro fantasmagórico de la actividad humana, esta última consistente en la suma agregada de voluntades individuales abstractamente libres o, en su ferviente postura más radical, un concepto vacío inventado por psicópatas con el único objetivo de legitimar el asalto del espacio de libertad negativa del sacrosanto individuo.[9]

Pero hemos visto que ni el individuo es el átomo que forma la materia social, ni es la suma agregada de voluntades individuales abstractamente libres. Este punto de vista no se sostiene ni plantándolo en el planeta del sistema solar que cuente con menor gravedad.

La sociedad es una realidad objetiva no-física, que va ganando densidad ontológica hasta que sus lógicas se convierten en nuevas regularidades naturales, como la de la relatividad general[10]; es emergente, en el sentido de que los atributos del sistema no se encuentran en sus partes constituyentes[11]; es el producto de la acción reciproca objetivada de las personas, quienes actúan bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que les preexisten y les han sido legadas por el pasado[12]; y es un conglomerado de instituciones que controlan el comportamiento humano estableciendo pautas definidas de antema no que lo canalizan en una dirección determinada, en oposición a las muchas otras que podrían darse teóricamente.[13]

Y lo es por un millar de argumentos. El principal y al que suelo recurrir es, precisamente, que la sociedad liberal como suma agregada de voluntades individuales abstractamente libres no aparece de la nada formada por individuos que, si apartados esa pátina de abstracción, no dejan de ser mónadas equivalentes a los átomos en química. Y resulta que en el la sociedad humana real no hay individuos, si no que hay personas. Personas que experimentan un desarrollo biológico complejo a lo largo de su vida, desde la niñez a la vejez. Personas que a su vez, utilizan la herramienta lingüística para construir el kosmos, los mitos y los ritos con los que sujetar y asirse al mundo. Personas que usan y reciben esa lengua de forma dialógica; no por nada se emplea el termino lengua materna. Como se lee en la novela Saturno Suburbia: 

Hasta un niño sabe que un cuerpo humano no puede pilotar su desarrollo metabólico en soledad; como tampoco puede hablar una lengua privada: necesita hacerlo como un ser comunitario, como un supragente, que coordine manos, cerebro, signo y máquina sobre materia y energía. La sintetización de su nicho ecológico se obra en mano común con otros seres humanos, donde uno es órgano y a la vez herramienta del otro; y este lo es a su vez del siguiente, y así sucesivamente hasta integrar un complejo dispositivo cooperativo circular. A más coordinación, mayor capacidad cinética; a más integración, mayor escala. La palanca se hace más grande y sofisticada, hasta que de verdad es capaz de mover mundos; de esculpir climas, de asilvestrar desiertos, de recortar cordilleras.

Sin embargo, y paradójicamente, se ha institucionalizado parcialmente la visión contraria, con el objetivo de dar cobertura y legitimidad a la explotación, a la extorsión del trabajo ajeno de signo liberal.

Esta forma aviesa concebir la sociedad se aprecia con precisión en cómo el liberalismo diseñó los Códigos Civiles del XIX, hoy en vigor. Así las causas de anulabilidad del contrato liberal siempre han de deberse a intervención de un individuo tercero, que engaña, violenta, o intimida; pero no pueden venir del despliegue de efectos institucionales, como son el reparto realmente existente del excedente y la estructura de la propiedad en general. Para ellos no existe necesidad objetiva externa ni una estructura social presupuesta; un contrato de compraventa de una joya familiar será anulable si una de las partes firmó un precio irrisorio por tener «una pistola en la cabeza», pero no lo será si una de las partes firmó con un precio irrisorio por tener el estómago vacío, y un poder negociador dilapidado por su paupérrima situación en la escalera trófica, por carecer de todo acceso distributivo, desahuciado de la estructura de la propiedad, movido incluso por el hurto famélico. No obstante, en la realidad de los hechos, porque la realidad es tozuda, y la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero, todos sabemos que esa voluntad y ese consentimiento están capitidisminuidos, siendo generosos.

Así pues, nuestros protagonistas gallego e irlandés meditan, cariacontecidos, si aceptar o no esas lamentables ofertas de empleo dadas a quemarropa; aunque en su foro interno ya saben la respuesta. 

Porque lamentablemente, ni en su hambre mandan.

 

 

Bibliografía

- Martínez Marzoa, F. (2018). La filosofía del capital. (2º Ed.). Madrid: Abada Editores, 2020.

-Teixidó, O. (2024). Introducción a la filosofía de la ciencia sistemática en psicología (2ª Ed.). Córdoba: Psara Ediciones.

-Berger, P. L.; y Luckmann, T. (2019). La construcción social de la realidad. (1ª ed. 25ª reimp). Buenos Aires-Madrid: Amorrotu ediciones.

-Marx, K.; y Engels, F. (1981). Obras escogidas en tres tomos, Moscú: Editorial Progreso.

-Latorre Masanes, D. (2020). La fórmula de la plusvalía. [Ultima versión pendiente de validación para su publicación en revista].https://archive.org/details/equilibrio_oferta_demanda/mode/2up

-Unesco (1977). Historia de la humanidad. El siglo XIX II (t. 8). Buenos Aires: Planeta Sudamericana.

-Ridge, M. (1993). Atlas of American Frontiers, Chicago: Rand McNally.

-Martínez Coello, M. A. (31-05-2017). Urbano Feijóo de Sotomayor, negrero y diputado por Ourense. Faro de Vigo. https://www.farodevigo.es/opinion/2017/05/31/urbano-feijoo-sotomayor-negrero-diputado-16346679.html

 -Ávila. A. (04-11-2025). Quién heredará España. Forbeshttps://forbes.es/forbes-ricos/820102/quien-heredara-espana/

 - Michael Roberts blog Blogging from a Marxist economist. A world rate of profit: important new evidence. 22-01-2022. Michael Roberts.https://thenextrecession.wordpress.com/2022/01/22/a-world-rate-of-profit-important-new-evidence/

 - Vitali S., Glattfelder J.B., Battiston S. (2011) The Network of Global Corporate Control. PLoS ONE 6(10): e25995. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0025995

 - Proudhon, P. J. (2005) ¿Qué es la propiedad? Investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno. 1a. ed. Buenos Aires: Libros de Anarres,

 -Graeber D. y Wengrow D. (2023). El amanecer de todo. 2a. ed. Barcelona: Planeta.



[1] Artículo 1265 del Real Decreto de 24 de julio de 1889 por el que se publica el Código Civil:

Será nulo el consentimiento prestado por error, violencia, intimidación o dolo.

[2] Con la distinción de explotación legal e infralegal establezco de forma tajante que la relación salarial siempre supone un grado de explotación absoluto y relativo, atendiendo al concepto explotación en su sentido, significado y concepto propio y original del análisis teórico marxiano, en tanto que encubre cierta cantidad de trabajo no pagado, origen del beneficio capitalista definido como plusvalía. Para una mejor comprensión de concepto y para una demostración de la misma, sugiero consultar Latorre Masanes, D. (2020). La fórmula de la plusvalía. [Ultima versión pendiente de validación para su publicación en revista científica]. https://archive.org/details/equilibrio_oferta_demanda/mode/2up.

La explotación legal viene a ser, como su nombre indica, aquella reconocida por el sistema jurídico-legal del aparato estatal como una actividad válida que, para entendernos, sería contratar a un trabajador y emplearlo respetando los mínimos que establecen las leyes y los convenios colectivos. En el sentido contrario, tendríamos la explotación infralegal, la cual suele ser, para el profano, la única que se suele denominar explotación, no en el sentido técnico marxiano, si no en un sentido más prosaico referido a un abuso de poder aprovechando la asimetría empresario-trabajador o directamente esclavitud o robo. Tampoco es que vayan muy desencaminados con esto último: las horas extras no pagadas equivalen a trabajar sin recibir ningún tipo de retribución, al igual que la figura de la esclavitud, el amo se convierte en propietario de los frutos del trabajo de su propiedad.

La explotación infralegal, si bien no será formalmente legal -se trata de ilícitos civiles-, supondrá una fuente de provecho paralela de la que se nutre la patronal; los gobiernos adoptarán políticas de mayor tolerancia o represión de la misma. El caso de España con las horas extras impagadas es ilustrativo: 2,61 millones de horas extras equivalentes a 3.254 millones de euros anuales (2024) son robadas por la patronal con la aquiescencia del Estado, siendo indiferente el color gubernamental vistos los resultados de sus políticas. Otro caso, este sí felizmente superado, es el del contrato por obra y servicio; un tipo contractual temporal que la última reforma laboral de 2022 el cual, durante décadas, había venido siendo celebrado mayoritariamente en fraude de Ley, encubriendo millones de contratos indefinidos. Por otro lado, qué explotación queda dentro de ámbito legalizado y cual fuera no es una realidad fija: a tenor de fatores como el grado de desarrollo industrial del país, de su posición en la dinámica centro-periferia, de las distintas estrategias gubernamentales de captura de riqueza en los circuitos globales, la rentabilidad media de la patronal patria y del grado de conciencia y organización de sus trabajadores, así el derecho laboral y su aplicación efectiva será más o menos tuitivo del polo obrero. La intensidad de la protección se explica en inclusión de más derechos que, en última instancia, aumenten las transferencia de renta del polo patronal a los trabajadores -salarios legales y convencionales mayores, jornadas inferiores, vacaciones retribuidas más largas, mayor número y extensión de los permisos retribuidos, causas de despido más reducidas y difíciles de acreditar; obligación de readmisión como consecuencia preferente al despido injusto; y salarios de trámite e indemnizaciones muy abultadas en el resto de casos-. De igual forma, la diferencia de situación laboral de un pais respecto a otro puede resultar tan abismal que se interprete en términos de explotación.

[3] Michael Roberts blog Blogging from a Marxist economist. A world rate of profit: important new evidence. 22-01-2022. Michael Roberts.

[4] «La propiedad es el antiguo derecho señorial de albarranía que el propietario se atribuye sobre una cosa marcada por él con su insignia” nos dirá Proudhon, siendo asi que tal exclusión universal permite al titular cobrar alquiler por el permiso para acceder o usar. El elemento sacramental del concepto propiedad no solo se infiere de las definiciones de los jurisconsultos romanos, recuperados más tarde por los ilustrados como bien reproduce Proudhon -y que podemos ver hoy en los Códigos Civiles europeos-, si no que es algo bien descrito por la antropología. Graeber y Wengrow describen la profunda similitud entre la noción de propiedad privad y la noción de sagrado, siendo ambas en esencia, estructuras de exclusión. Lo sagrado es «lo que esta aparte, retirado del mundo, colocado en un pedestal, siendo esa idea de exclusión sobre la que descansa el paradigma cosmogónico europeo. En Proudhon, P. J. (2005) ¿Qué es la propiedad? Investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno. 1a. ed. Buenos Aires: Libros de Anarres. Pág. 129 y ss.;  D. Graeber y D. Wengrow. (2023). El amanecer de todo. 2a. ed. Barcelona: Planeta. Págs. 197-206

[5] «Artículo 2 del Código de Negros de Texas de 1866:

 Todo trabajador tendrá plena y perfecta libertad para elegir a su empleador, pero una vez elegido, se le permitirá abandonar su lugar de trabajo hasta el cumplimiento de su contrato, salvo con el consentimiento de su empleador, o por causa de trato severo o incumplimiento de contrato por parte del empleador, y si lo hace sin causa o permiso, perderá todos los salarios devengados hasta el momento del abandono.»

[6] K. Marx y F. Engels (1981), Obras escogidas en tres tomos, Moscú: Editorial Progreso, Tomo I, pág. 404 a 498.

[7] El papel del Estado tardocapitalista puede reducirse, sin ánimo de total exhaustividad, a las siguientes funciones: garante de la paz social mediante el selectivo acceso distributivo a las masas, socializador de pérdidas privadas, función represiva y preventiva, aparato ideológico, formador de capital humano, administrador de la reproducción social, contable general de pingüe surtidor de beneficios a través de contratas y licitaciones, y arbitro en las disputas entre facciones burguesas, y colaborador en los entramados imperiales-militares en la búsqueda y expansión de nichos de negocio de los conglomerados industriales de sus oligarcas.

[8] En marcado contraste con cómo se interpretaba y definía la vagabundancia en otras partes de Estados Unidos, los Códigos Negros definían legalmente a los negros desempleados como vagabundos y, por tanto, los sometían a castigos legales. Los norteños rara vez ordenaban leyes de vagancia contra los desempleados; en cambio, normalmente castigaban a prostitutas y criminales como vagabundos. En Mississippi, si los afroamericanos eran condenados por vagancia, se les imponía una multa. Sin embargo, si no pudieran pagar esa multa, un empleador podía pagarla por ellos y obligar a la persona a pagar la deuda, con intereses. En otros lugares, recordando a las subastas de esclavos anteriores a la guerra civil, las autoridades locales subastaban a los negros condenados por vagancia a empleadores que hacían ofertas por su trabajo. En https://www.encyclopedia.com/history/united-states-and-canada/us-history/black-codes

[9](…) and who is society? There is no such thing! There are individual men and women and there are families and no government can do anything except through people and people look to themselves first

(…) ¿y quién es la sociedad? ¡Eso no existe! Hay hombres y mujeres individuales y hay familias, y ningún gobierno puede hacer nada salvo a través de la gente, y la gente mira primero a sí misma.

Archiconocidísima frase de Margaret Thatcher expresada en una entrevista para la revista Woman's Own (23-09-1987) disponible en Fundación Margaret Thatcher (https://www.margaretthatcher.org/document/106689).

[11] «El emergentismo propone clásicamente que el conjunto tiene más que sus partes. O dicho mejor: hay rasgos en las cosas que no se encuentran en los componentes que constituyen esas cosas. Y quién dice rasgos, dice propiedades o características de las cosas (van juntas).

Ejemplos de emergencias:

· La acidez de la molécula de ácido clorhídrico HCl, que no está presente en el H+ y el -Cl por separado

· H2O no tiene fluidez, pero sí una agregación de H2O

· Un bazo él solo no hace nada, pero un sistema inmunológico en un organismo sí

Y no se queda en lo físico-químico: también la sociedad tendría propiedades que emergen y los individuos en solitario carecen (el PIB de un país -cuya división individual solo sería artificio numérico- o un gobierno y su gestión, que no se reduce a los solos ciudadanos). Incluso se habla de que los procesos mentales emergen de los cerebrales en conjunción con otros tejidos en acción.»

Teixidó, O. (2024). Introducción a la filosofía de la ciencia sistemática en psicología (2ª Ed.). Córdoba: Psara Ediciones. Págs. 180-198, 208-211, 229-30, 292-311.

[12] «¿Qué es la sociedad, cualquiera que sea su forma? El producto de la acción reciproca de los hombres. ¿Pueden los hombres elegir libremente esta o aquella forma social? Nada de eso. A un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de los hombres, corresponde una determinada forma de comercio y de consumo. A determinadas fases de desarrollo de la producción, del comercio y del consumo, corresponden determinadas formas de constitución social, una determinada organización de la familia, de los estamentos o de las clases; en una palabra, una determinada sociedad civil. A una determinada sociedad civil, corresponde un determinado régimen político, que no es más que la expresión oficial de la sociedad civil. Esto es lo que el señor Proudhon jamás llegara a comprender, pues el cree que ha hecho una gran cosa apelando del Estado a la sociedad civil, es decir, del resumen oficial de la sociedad a la sociedad oficial. Huelga añadir que los hombres no son libres de escoger sus fuerzas productivas base de toda su historia, pues toda fuerza productiva es una fuerza adquirida, producto de una actividad anterior. Por tanto, las fuerzas productivas son el resultado de la energía practica de los hombres, pero esta misma energía se halla determinada por las condiciones en que los hombres se encuentran colocados, por las fuerzas productivas ya adquiridas, por la forma social anterior a ellos, que ellos no han creado y que es producto de las generaciones anteriores. El simple hecho de que cada generación posterior se encuentre con fuerzas productivas adquiridas por las generaciones precedentes, que be sirven de materia prima para la nueva producción, crea en la historia de los hombres una conexión, crea una historia de la humanidad, que es tanto más la historia de la humanidad por cuanto las fuerzas productivas de los hombres y, por consiguiente, sus relaciones sociales han adquirido mayor desarrollo. Consecuencia obligada: la historia social de los hombres no es nunca más que la historia de su desarrollo individual, tengan o no ellos mismos la conciencia de esto. Sus relaciones materiales forman la base de todas sus relaciones. Estas relaciones materiales no son más que las formas necesarias bajo las cuales se realiza su actividad material e individual». Karl Marx. Carta a P. V. Annenkov (1846)

[13] Berger, P. L.; y Luckmann, T. (2019). La construcción social de la realidad. (1ª ed. 25ª reimp). Buenos Aires-Madrid: Amorrotu ediciones. Cap. II. La sociedad como realidad objetiva, pags. 65-70.

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