El consentimiento al desnudo: contratos, instituciones y voluntades.
Alejandro
Martínez Ruiz.
Un
contrato es una figura jurídica que parte de la abstracción de las condiciones
de vida, las relaciones de producción y de propiedad, y la distribución del
excedente entre clases dentro de una sociedad; de ahí que solo importen las
obligaciones de las partes, las cosa sobre las que recaigan y lo más
importante: que las partes consientan libremente en obligarse sin la
interferencia de causas nocivas provenientes de otra agencialidad humana exterior[1]. El resto, como se suele
decir, no está en el mundo.
Supongamos
un migrante, desnudo en términos de formación cualificada y demandada en el
mercado de trabajo justo en ese momento; alguien sin red contactos,
afiliaciones a grupos de presión o amistades con capacidad de cabildeo; alguien
sin ningún tipo de propiedad con la que defenderse de rentistas en el exterior
hostil, más allá de un puñado de billetes para pagar la comida y el techo esa
noche; alguien
preso de la barrera idiomática, recién desembarcado en un país extraño en sus
usos y costumbres. Hagámonos a la idea, por darle algo más de cuerpo y piel al
ejemplo, que se trata de un trabajador gallego que recién recala en el puerto
de la Habana en marzo de 1854, llegado a Cuba contratado por la Compañía
Patriótico Mercantil dirigida por el fundador, administrador y patrón
Urbano Feijóo Sotomayor. O bien se trata de un famélico oriundo de Galway, huido de la Gran Hambruna irlandesa provocada por la enfermedad de la
patata, esa que costó un millón de muertos y otro millón de emigrados, como
nuestro hombre, campesino aparcero que, tras ver morir a dos de sus hijos y a
su mujer por enfermedades relacionadas con la desnutrición severa, vende todo
lo que tiene, apenas el menaje de madera de su casucha alquilada al señor de la
tierra y una pequeña joya familiar, obteniendo lo justo para un pasaje a las
Américas, quien finalmente recala en el puerto de Nueva York en 1861. No es el
caso, pero nuestro hombre, bien podría ser aquel que firma un documento puesto
frente a el por las autoridades en el mismo puerto, en virtud del cual acepta servir
en el ejército de la Unión a cambio de obtener la ciudadanía estadounidense; y
aún cansado del viaje se pone el uniforme, hace el
petate y vuelve a subir de nuevo a un barco en dirección al frente, mientras fervientes
seguidores de las políticas anti-irlandeses les escupen y apedrean.
Grabado que representa a un grupo de
inmigrantes de Europa oriental que, por razones políticas y/o regionales
buscaron nuevos horizontes en los Estados Unidos. Fuente: Ridge, M.
(1993). Atlas of American Frontiers, Chicago: Rand McNally, p.91.
En
cualquiera de los dos ejemplos, el del gallego en la Cuba de ultramar y el del irlandés
en la Nueva York de la Unión, cabría preguntarse sí, dadas sus circunstancias y
el conjunto de instituciones donde se encuentran, estos hombres estarían
capacitados para rechazar el primer contrato de trabajo que les ofrezcan nada
más arriarse del barco, y cuyas condiciones fueran infralegales tanto en
jornada como en salario. La respuesta que creo anticipar unánime sería un no taxativo: podemos
convenir que aquí la agencia de esas personas estará severamente disminuida por
las circunstancias institucionales, tan densamente mediada por estas que casi pasa
a estar determinada por ellas.
Al
contrario de lo que aquí se dice, otros arguyen que nadie ni nada controla la
decisión que toma el individuo en ningún caso: por muy aciagas que sean las
circunstancias el individuo siempre tendrá, en el abstracto reparto del poder
causal, el control efectivo; «los contratos voluntarios, por desiguales que
sean, preservan la agencia individual: el migrante puede rechazar, negociar o
migrar de nuevo, aunque la pobreza limite sus opciones (sic)» (Grok,
16-11-2025) nos dice un famoso modelo de lenguaje desde una perspectiva
abiertamente liberal. La validez del contrato, por tanto, no puede viciarse por
las circunstancias: solo la «violencia» ejercida por otro, como tal, vuelve
ilegítimo tal contrato. Además, y por lo que respecta a la tesis de la libre
agencia, afirman que nuestros protagonistas migrantes siempre pueden optar por
trabajar para otra empresa; que podrían optar incluso por reemigrar a otro país;
que podrían escoger, incluso, por salirse del asalariamiento mismo y hacerse
empresarios. Veamos si estos argumentos tienen algún sentido.
Volvamos
al desembarco. El frío es tal que hace molicie de los huesos; nuestros
protagonistas rebuscan en sus bolsillos, obteniendo una mezcla de polvo, pelusa,
tabaco rubio rancio y un trocito de papel hecho un higo. Mientras arman de mala
manera ese último cigarrillo cuyos rudimentarios trozos fueron prestados
por otro congénere amable en algún momento de la travesía, meditan la
conveniencia o no de aceptar oferta de trabajo. Gallego a irlandés tienen dos
opciones, tres si nos ponemos camusianos y reponemos en el suicidio; pero
reduciendo el asunto a dos: o bien trabajan para los capitales existentes en
las condiciones de explotación legales o infralegales ofrecidas[2], o bien puede optar por la
indigencia. En un contexto decimonónico, donde el Welfare state aún no
existe, y la vida humana mide su valor por niños menores de diez primaveras
perdiendo dedos en las máquinas de hilar, es muy probable que estén optando
realmente por morirse de hambre. Tengo el oído cansado del martilleo contumaz
ejercido por personas cuyo linaje está más cercano al reproductor de sonido que
al de un ser humano, con solo un puerto de entrada por donde recibir del código
a reproducir; y cuando pulsaba ese clic imaginario en mitad de su frente,
tiesos como carabinas, empezaban a recitar lo que sigue: «en países avanzados contemporáneos
nadie se muere de hambre», como queriendo decir que, si uno no acepta trabajar,
a lo máximo que se expone es a la indigencia, no a la muerte; lo que en el
fondo es blanquear la situación del concepto «muerte civil».
De
todos los terrores que tienen las personas socializadas en la cosmogonía occidental, hay uno por encima de todos: el
miedo a quedarse sin dinero. En la sociedad mercantil, cada libra, cada vellón,
cada euro, cada dólar es un gramo de libertad y de poder asociación con el
grupo humano. Estar sin dinero equivale a estar desahuciado, disociado,
escindido de la colectividad. Estar sin dinero, o en muchos casos, debiéndolo
en forma de deuda, equivale a de facto a la pérdida de los derechos civiles:
sin dinero, a uno le está vedado relacionarse con las cosas -derechos reales- y
de igual forma a relacionarse con las personas -derechos de crédito-. Uno no
puede suscribir un contrato de suministro de telefonía móvil, ni abrir una
cuenta bancaria, indispensables para operar social y monetariamente en el
presente; menos aún puede oponer frente al mundo una propiedad que le facilite
un techo. Si además ese dinero se debe, cada acto en el tráfico es perseguido,
fiscalizado y embargado, impidiendo de iure y de facto cualquier transacción de
entidad salvo que se recurra a un testaferro.
Sin
dinero, nuestros protagonistas decimonónicos y también las buenas gentes del
presente quedan inmovilizados e invisibilizados, como de hecho ocurre con los
pedigüeños y mendigos, quienes sufren un rápido proceso de reificación: al
nivel de las farolas, las esquinas o las papeleras. Su única salida es
instrumentalizarse para acceder a la fuente de renta regular del régimen
institucional en el que se encuentren en cada tiempo, en el caso del
capitalismo, el trabajo asalariado.
Bajo ese arreglo institucional opera el látigo del hambre, disciplina del desempleo forzoso, forma una regularidad social con una densidad ontológica tan marcada que impone su control sobre las personas; impone un rol, el de ser obrero, definido por la ausencia de propiedad sobre cosas que funcionen como fuentes de renta de las que poder vivir y determinado a emplearse para financiar su subsistencia; algo infranqueable por su agencia individual. Como entidad biológica, el humano está sujeto a
restricciones fisiológicas y a necesidades sociales de muy diversa índole,
aunque aquí, en una reducción muy considerable de esas restricciones y
necesidades, nos quedaremos con aquellas relativas al hambre, el sueño, el
vestido y el techo. Nuestros protagonistas necesitan al menos eso desde el
minuto uno, el factor tiempo camina en su contra, el metabolismo sigue
funcionando, animales de sangre caliente demandan proteínas para mantener
homeóstasis y para movilizarse. Además, el salario siempre se paga al final de
la semana o del mes según las costumbres del país, empleando al obrero durante
ese tiempo. No pueden esperar. No hay opción, en consecuencia, para rechazar el empleo que
reciban, por esclavista que sea.
Supongamos
ahora que nuestros migrantes gallego e irlandés siguieran teniendo agencia
individual porque, como sugieren los defensores del argumento liberal, pueden aceptar
el trabajo y siempre les quedaría renunciar a él más adelante: dimitir con gran
sorna exhibiendo el dedo corazón a quien hasta hace un instante era dueño de un
buen trozo de su tiempo. Hela aquí la refutación: es cierto que la renuncia es
libre y voluntaria y pueden hacerla en cualquier momento, y, aun así, nunca
podrán emanciparse de la relación salarial general; los ahorros, de haberlos,
se acabarán; las prestaciones, de existir, se extinguirán; los alimentos
compartidos de las redes familiares finalmente se tensionarán. Tarde o
temprano, tendrán que buscar otra fuente de ingresos, siendo el trabajo la
fuente regular para el desposeído. Así pues, siendo cierto que pueden elegir
salirse de una relación laboral concreta, pero sin ser titular de fuentes de
renta ajenas vender la capacidad de trabajar, no pueden hacer lo mismo con la relación
laboral general. Por ende, esa agencia para renunciar y dimitir a placer
solo actúa en tal o cual empleo concreto, pero resulta subordinada a la
relación salarial general, inane para transformar sustancialmente el rol de
quien es parte del polo obrero; si nuestros protagonistas gallego e irlandés
fueran campesinos bajomedievales, diríamos que ostentarían el privilegio de no estar
sujetos o vinculados a la tierra de tal o cual señor pero no para adquirir el
título de duque y transferirse de un estamento a otro.
De
igual forma, emprender tampoco es una vía que necesariamente conlleve la
emancipación de la condición obrera. El problema de autoemplearse, del trabajo
autónomo —vía habitual del inicio de un empréstito desde la desposesión— es que
se describe desde el individualismo metodológico. En consecuencia, la
explicación de su desarrollo descansa en los atributos personales como el
«ahorro y trabajo duro» o la voluntad prometeica del actor, en lugar de
descansar en la realidad institucional: una empresa persona física es siempre
un proyecto empresarial subóptimo en un ambiente escalar ultra competitivo y
densamente consolidado desde hace doscientos veinticinco años y contando.
«Hacerse» empresario no es un acto individual, aunque lo parezca. Lograr
hacerse con un hueco en el mercado y detentar la propiedad de una unidad
productiva con un nivel de rentabilidad que permita al empresario tener suficiente
capital como para autofinanciarse o financiarse ultrabarato, saliendo del
círculo vicioso de tener que recurrir a los rentistas del dinero y el interés -bancos y
entidades financieras- es una tarea titánica; lograr que la empresa cultive
economía de escala y optimización de procesos como para barrer a la competencia
en sector donde esta opere es de nuevo, una tarea titánica; en definitiva,
superar barrera de dejar de trabajar para pasar a vivir de los dividendos y del
sueldo de varios millones por sentarse en el consejo de administración haciendo «trabajo»
de alto nivel es de nuevo, una tarea titánica. La Titanomaquia es el corazón
del mito griego, y aquí que cada cual entienda, pero desde luego, el poder
causal de estos seres está en una magnitud inconmensurable respecto al ser
humano promedio.
Según
Forbes, más de la mitad de la fortuna acumulada por los 100 españoles más ricos
recae sobre 28 octogenarios; la mayoría son empresarios que
convirtieron sus pequeños negocios familiares en multinacionales hace cuatro
décadas; supieron navegar las aguas del desarrollismo franquista, combinar sus
contactos en un estado corrupto y pilotar de forma hábil la explotación
infralegal de los más vulnerables hasta consolidar una posición plenamente
optimizada cultivando fruto industrial. Amancio Ortega no habría levantado su
emporio global si no hubiera tenido a su disposición a decenas de viudas
cosiendo en sus casas, con pagos a destajo -por pieza- por debajo de convenio,
sin alta en Seguridad Social -en «negro»-, ahorrándose ese casi 25% en sueldo
indirecto de prevención social que no ingresaba el Estado para las prestaciones
futuras de la trabajadora; y lo que es más sangrante, protegido por la
seguridad de que, al coser en su domicilio, el acceso de la Inspección de
Trabajo se torna imposible.
Estos
grandes emporios son hijos de una época concreta; una de expansión y desarrollo
del capitalismo a nivel global y nacional, cuyos nichos de negocio, caladeros
de rentabilidad y oportunidades de hacerse rico produciendo y vendiendo
mercancías estaban ahí, «abiertos», «disponibles» para ser saturados por los
capitanes de la industria nacidos en los cuarenta. Hacerse empresario y llegar
a ser un industrial rico dependía de situaciones estructurales y objetivables
causalmente ajena a agencia individual de un genio creador-operador capaz de
contar con los atributos personales idóneos para el éxito. O dicho más
claramente en román paladino: bastaba estar en el lugar y lugar precisos,
contar con los contactos, los recursos, las propiedades y no ser demasiado
tonto; fue el tiempo, el momento oportuno, el kairós, la diosa fortuna
si se me apura, más que el aleatorio despertar del gen superheroico del «hombre
económico».
Aquellos tiempos ya no son los corrientes. Actualmente, el sistema capitalista se encuentra gripado. La maquinización del trabajo ha estrangulado la fuente de nuevo valor, siendo cada vez más difícil obtener beneficios. La saturación espacial de los mercados globales, con un mundo del todo abierto a Ley del Valor, reduce el ritmo de creación de nuevos nichos rentables. La tendencia decreciente de la tasa de ganancia[3] no solo está demostrada teóricamente, si no que está garantizada por una masa creciente de evidencias empíricas, siendo ya tan indiscutible como la relatividad general de Einstein o el mínimo de Liebig. En consecuencia, los límites de esta forma social se manifiestan no solo en el desempleo de las personas, si no el desempleo del dinero: incapaz de reinvertirse de forma rentable en la producción de cosas y nuevas tecnologías, se estanca y se pudre, recurriendo al suelo físico o digital para reproducirse como pura albarranía -rentismo-. La huelga de inversores, determina la ralentización de implementación de nuevas olas tecnológicas al modelo productivo, imponiendo una agenda de estancamiento, pérdida de innovación y productividad. Los grandes capitales ya consolidados se suman a una pugna desaforadas por buscar, crear y adquirir nuevos mercados al precio, saquean sus jurisdicciones políticas, y ejercen su poder monopolístico para levantar enormes barreras de entrada a nuevos competidores. De acuerdo con el Instituto Federal de Tecnología de Zúrich –pág. 6/36-, 147 corporaciones controlan el equivalente al 40% de la red corporativa global. El 80% del total lo gobiernan tan solo 737 empresas. La emancipación de la condición obrera por vía del emprendimiento nunca puede ser masiva, sino extremadamente selectiva; no obstante, la tendencia actual visto el desarrollo institucional del tardocapitalismo, es que la sociedad de clases camina hacia una encastación estamentaria. De hecho, el polo obrero cada vez encuentra más difícil obtener renta de mercado: el avance sectorial de la automatización continúa desplazando al componente humano de la producción provocando una crisis distribucional laboralmente focalizada. Mientras que el trabajo necesario para gobernar los medios técnicos híper-capaces obtiene un enorme poder sistémico, aquel que resulta redundante para la reproducción de los ciclos acumulativos estará condenado a una precariedad distribucional creciente.
En
consecuencia, nuestros protagonistas, recién llegados a sus destinos
portuarios, no podrían negarse a ese a primer contrato por mucho que quisieran;
tras un tiempo de explotación considerable, quizás podrían rotar entre jefes
-el derecho contractual a elegir señor salarial- pero nunca podrían dejar de
tener un jefe, ni tampoco escapar convirtiéndose por birlibirloque en clase
propietaria por mucho que quisieran.
La voluntariedad
contractual de nuestros protagonistas, así como la preminencia de agencialidad
humana como poder causal final no dejan de ser abstracciones. El contrato
liberal es solo entre libres e iguales; el contrato democrático-republicano lo
es entre libres, iguales y propietarios de fuentes de renta. El consentimiento liberal
no es el punto y final de un negocio sinalagmático que ha repartido del mundo
ex nihilo, definiendo la estructura de la propiedad y la distribución de los
excedentes, todo aquí y ahora; el consentimiento liberal es una adhesión a un mundo
prefabricado y predefinido según ciertos arreglos institucionales que ya vienen
sancionados por el pasado y la tradición y que no está sujeto a revisión: lentejas, las tomas o las dejas.
La
ficción contractual civil se observa con nitidez precisamente en los momentos
históricos de transición entre un régimen de explotación del trabajo a otro; en
este caso, de la esclavitura al asalariamiento. En los Estados sureños,
terminada la Guerra Civil Americana y recién abolida la esclavitud, los
negreros no perdieron sus explotaciones tal y como cabría pensar; al contrario,
mantuvieron íntegras sus haciendas, ahora como patronos, haciendo que los
negros liberados —también libres de cualquier tipo de acceso a propiedad,
excedente o fuente de renta— firmaran contratos con un salario equivalente al
alimento, ropa, y techos recibidos hasta entonces.
Según America's
History to 1877, Vol. 1: de James. A. Henretta et al.:
"Sobre
el papel, la emancipación había costado a los dueños de esclavos unos 3.000
millones de dólares—el valor de su inversión de capital en antiguos
esclavos—una suma que equivalía a casi tres cuartas partes de la producción
económica nacional en 1860. Sin embargo, las verdaderas pérdidas de los
plantadores dependían de si perdían el control de sus antiguos esclavos. Los
plantadores intentaron restablecer ese control y sustituir la comida, la ropa y
el refugio que sus esclavos habían recibido previamente por salarios bajos.
También se negaron a vender o alquilar tierras a los negros, con la esperanza
de obligarles a trabajar por salarios bajos.»
Queda
demostrado que la libertad de elección de los libertos fue abolida
materialmente por esa brutal desigualdad de partida en la estructura de la
propiedad, y la consiguiente diferencia de poder negociador que obtiene cada
una de las partes del contrato; poder negociador que no deja de ser otra forma
de llamar al poder político.
Veámoslo
con más detalle: los negros libertos recién emancipados se encontraron de
repente arrojados de los barracones a los caminos. Aquel espacio que se abría
ante ellos no se encontraba en un virginal como si la emancipación hubiera
retrotraído la historial doscientos mil años atrás, desde luego que no: aquello
era orden cultural y social específico mediatizado y manufacturado por el ser
humano de mediados del siglo XIX, en una sociedad saturado de instituciones,
siendo sacrosantas la Propiedad, el Contrato y la Pena, entre otras. Estas
gentes no podían ir a ninguna parte a hacerse a copio de medios de vida, porque
del el Nuevo Mundo recién descubierto, de tierras sin horadar y apenas
cartografiado ya nada quedaba en siglo XIX; cada trozo de monte estaba
cuarteado físicamente con bajomuros de piedra, tablones de madera y mayas de
acero, y simbólicamente por ortogramas en catastros y registros. Otra vez la
institucionalidad del registro, de la propiedad, y de la medida «produciendo»
sociedad humana organizada en un sentido muy concreto: el de la apropiación. En estas circunstancias, los medios de producción primarios
venidos de la revolución neolítica -como son las tecnologías de la siembra y la
domesticación-, les estaban vedados, porque ya pertenecía a otros según la
institución de la propiedad; propiedad que no es que el derecho señorial de albarranía,
la licencia otorgada y protegida por el Estado en virtud de la cual, el dueño
cuenta con el poder físico y simbólico de excluir a los demás del uso de una
cosa, un poder erga omnes, frente a todos[4].
Pues
bien, esos ciudadanos «recién nacidos» no podían echarse al monte y por derecho
de ocupación, hacerse con un terruño y dedicarse a sembrar. Y ya se sabe que,
en los Estados Unidos, al usurpador de cosa ajena no le espera el tratamiento
humanitario europeo, si no la autotutela yanki: el softpower
estadounidense en su vector cinematográfico, me representa en la mente al
típico sureño en el porche con la espiga de trigo en la boca y la escopeta de
dos cañones en ristre, dejando seco de un plomazo -especialmente si es negro- al
grito de «fuera de mi propiedad» a cualquier que osase equivocarse al cruzar
una cerca. En la gestión de aquel mundo, el peso político de esa nueva facción
trabajadora recién liberada era tan sumamente bajo, que nada impedía al capital
utilizar su poder negociador para imponerle las condiciones distribucionales
más humillantes posibles. Para ofrecer empleo a cambio de un plato de comida y
un techo, sin prestación salarial alguna y con amplios condicionantes de
naturaleza personal-feudal. Son los conocidos como Códigos de Negros,
siendo pionero el Estado de Texas, cuando promulgó el suyo en 1866.
En
estos textos que recogían materias propias de códigos civiles y laborales,
imponían todo tipo de cláusulas a favor de la nueva planta patronal. Se
recogían los llamados contratos de aprendices, donde los menores negros
libertos podían elegir trabajar para los antiguos amos por sueldos bajos sin
que los padres o los tutores legales pudieran invalidar tales contratos. En lo
que se refiere a lo que hoy llamamos despidos disciplinarios, las causas
favorables al empleador eran múltiples, pudiendo dejar al obrero negro en la
calle con la obligación de pagar fuertes indemnizaciones solo por no cumplir
con nebulosas nociones de buena fe contractual, hasta el punto de poder ser
procesados penalmente. La dimisión del obrero a voluntad y sin consecuencias
pertenece a la esencia del contrato de trabajo; pero en el caso de obrero negro
este debía cumplir con el contrato de trabajo en su integridad, sujeto
en caso contrario a la pérdida de los salarios devengados.:[5]
Fotografía que
retrata a un hombre negro bebiendo agua de una de las conocidas como «fuentes
segregadas», en este caso, vemos que lo hace en la asignada a su rol de
apartheid, pues reza un cartel «colored» -de color- que lo indica. Alrededor de
los años cuarenta, EEUU. Autor de la fotografía: Russel Lee.
Tuvieron
que pasar décadas, y acontecer varias intervenciones gubernamentales -algunas gasta militares- del réprobo
leviatán estatal para que los negros pudieran «salir», al menos parcialmente, del espacio de dominio
mercantil de sus antiguos amos.
El consentimiento abstracto, la autonomía de la voluntad contractual, sufre ceguera al observar previo estado de cosas existente, del reparto de cartas anterior a nuestro arrojo al mundo, de las circunstancias que existen y han sido legadas por el pasado, de la «tradición de todas las generaciones muertas oprimiendo como una pesadilla el cerebro de los vivos»[6]; y por la misma razón, es inane a la coerción espectral-estructural, a través del régimen socioeconómico capitalista, que opera a través de una compulsión económica, ese «Otro» de naturaleza social e institucional, la rama violenta de la no no-violencia. No por nada, hasta los muy liberales escribanos y archiveros que parieron los Códigos Civiles del siglo XIX se guardan algunos límites sutiles, que no es más que un reconocimiento tácito de lo que aquí se dice, una excusatio non petita. Por ejemplo, el Código Civil español de 1889 en su art. 1583 afirma que el «arrendamiento hecho por toda la vida es nulo». Es importante tener en cuenta que el término arredramiento al que se refiere incluye no solo el arredramiento de cosas habitualmente inmuebles, sino también el arrendamiento de servicios laborales hecho entre personas.
Por
otro lado, la opción consciente de recurrir a no a trabajar, es decir, a la
indigencia, la muerte civil y la muerte de hambre no era para nada libre. El
Estado, como aparato político comprometido con su régimen socioeconómico[7], tenía que velar por un
suministro de trabajo que permitiese el monocultivo regular de plusvalor. En
consecuencia, se recurrió al concepto de vagancia, que establecía que un
liberto era considerada vagabundo si estaba desempleado y carecía de residencia
permanente; una
persona así definida podía ser arrestada, multada y obligada a cumplir una
condena de trabajo forzoso si no podía pagar la multa. En
algunos Estados, una vez un negro libre era condenado como vagabundo, y no
podía pagar la multa, era forzado a subastar su trabajo entre patronos que
pujaban a por el mismo.[8]
Algo que no ocurrió solo en la Época de la Reconstrucción post Guerra Civil Americana en los Estados sureños, si no que fue tónica general de las legislaciones de los Estados Modernos durante el tránsito del feudalismo al capitalismo, con las llamadas Leyes de Pobres, diseñadas para la formación y disciplinamiento de la incipiente clase obrera, destacando las llamadas «casas de trabajo» entre otras muchas realidades que no podemos ver aquí. No obstante, insistir en que tales legislaciones se redoblaron en los países pioneros en la industrialización del siglo XVIII y XIX, legislaciones que se extendieron incluso hasta el siglo XX, como la Ley de vagos y maleantes de 1933 en España, que mezcla nociones de peligrosidad con categorías de población sobrante lumpenizada -prostitución, homosexualidad, mendigos profesionales, vagos, etc.- para su disciplinamiento a través de multas y correccionales. Como anécdota, conste que, en alguno de los Estados del «País de la Libertad», deambular sin rumbo fijo, caminar de forma contemplativa, disfrutar de un paseo, estar en la calle sin hacer nada ni molestar a nadie, equivale infracción administrativa con sanción pecuniaria; es el concepto conocido como loitering. Es una forma de privatización del espacio público, muy relacionado con la muerte civil, pues uno solo puede socializar con los demás seres humanos a través de relaciones mercantiles, consumiendo, ejerciendo demanda solvente -lo mínimo es tomarse una café o una cerveza-; de otra forma, sanción. Pero también es, como mencionábamos arriba, una forma de disciplinamiento de la fuerza de trabajo renuente a emplearse voluntariamente.
Hasta
ahora hemos ido refutando las diferentes réplicas en virtud de las cuales se
sostenía la voluntariedad contractual de nuestros
protagonistas, así como el peso de la agencialidad humana como causa material
última frente a la institucionalidad social.
Pero para
proteger con una garantía tales respuestas, el liberalismo establece
tácitamente un marco ontológico intersubjetivo, es decir, una definición de la
sociedad, basada de nuevo, en el individualismo metodológico, sobre la que
descansa la defensa. Situando el individuo -sea lo que sea esa cosa- en el
centro, dándole una posición privilegiada y preeminente, la sociedad no sería
más que el rastro fantasmagórico de la actividad humana, esta última
consistente en la suma agregada de voluntades individuales abstractamente
libres o, en su ferviente postura más radical, un concepto vacío inventado por
psicópatas con el único objetivo de legitimar el asalto del espacio de libertad
negativa del sacrosanto individuo.[9]
Pero
hemos visto que ni el individuo es el átomo que forma la materia social, ni es
la suma agregada de voluntades individuales abstractamente libres. Este punto
de vista no se sostiene ni plantándolo en el planeta del sistema solar que
cuente con menor gravedad.
La
sociedad es una realidad objetiva no-física, que
va ganando densidad ontológica hasta que sus
lógicas se convierten en nuevas regularidades naturales, como la de la
relatividad general[10]; es emergente, en el
sentido de que los atributos del sistema no se encuentran en sus partes constituyentes[11];
es el producto de la acción reciproca objetivada
de las personas, quienes actúan bajo
aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que les preexisten
y les han sido legadas por el pasado[12]; y es un conglomerado de
instituciones que controlan el comportamiento humano estableciendo
pautas definidas de antema no que lo canalizan en una dirección determinada, en
oposición a las muchas otras que podrían darse teóricamente.[13]
Y lo es por un millar de argumentos. El principal y al que suelo recurrir es, precisamente, que la sociedad liberal como suma agregada de voluntades individuales abstractamente libres no aparece de la nada formada por individuos que, si apartados esa pátina de abstracción, no dejan de ser mónadas equivalentes a los átomos en química. Y resulta que en el la sociedad humana real no hay individuos, si no que hay personas. Personas que experimentan un desarrollo biológico complejo a lo largo de su vida, desde la niñez a la vejez. Personas que a su vez, utilizan la herramienta lingüística para construir el kosmos, los mitos y los ritos con los que sujetar y asirse al mundo. Personas que usan y reciben esa lengua de forma dialógica; no por nada se emplea el termino lengua materna. Como se lee en la novela Saturno Suburbia:
Hasta un niño
sabe que un cuerpo humano no puede pilotar su desarrollo metabólico en soledad;
como tampoco puede hablar una lengua privada: necesita hacerlo como un ser
comunitario, como un supragente, que coordine manos, cerebro, signo y máquina
sobre materia y energía. La sintetización de su nicho ecológico se obra en mano
común con otros seres humanos, donde uno es órgano y a la vez herramienta del
otro; y este lo es a su vez del siguiente, y así sucesivamente hasta integrar
un complejo dispositivo cooperativo circular. A más coordinación, mayor
capacidad cinética; a más integración, mayor escala. La palanca se hace más
grande y sofisticada, hasta que de verdad es capaz de mover mundos; de esculpir
climas, de asilvestrar desiertos, de recortar cordilleras.
Sin
embargo, y paradójicamente, se ha institucionalizado parcialmente la visión contraria,
con el objetivo de dar cobertura y legitimidad a la explotación, a la extorsión del trabajo ajeno de signo liberal.
Esta forma aviesa concebir la sociedad se aprecia con precisión en cómo el liberalismo diseñó los Códigos Civiles del XIX, hoy en vigor. Así las causas de anulabilidad del contrato liberal siempre han de deberse a intervención de un individuo tercero, que engaña, violenta, o intimida; pero no pueden venir del despliegue de efectos institucionales, como son el reparto realmente existente del excedente y la estructura de la propiedad en general. Para ellos no existe necesidad objetiva externa ni una estructura social presupuesta; un contrato de compraventa de una joya familiar será anulable si una de las partes firmó un precio irrisorio por tener «una pistola en la cabeza», pero no lo será si una de las partes firmó con un precio irrisorio por tener el estómago vacío, y un poder negociador dilapidado por su paupérrima situación en la escalera trófica, por carecer de todo acceso distributivo, desahuciado de la estructura de la propiedad, movido incluso por el hurto famélico. No obstante, en la realidad de los hechos, porque la realidad es tozuda, y la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero, todos sabemos que esa voluntad y ese consentimiento están capitidisminuidos, siendo generosos.
Así pues, nuestros protagonistas gallego e irlandés meditan, cariacontecidos, si aceptar o no esas lamentables ofertas de empleo dadas a quemarropa; aunque en su foro interno ya saben la respuesta.
Porque lamentablemente, ni en su hambre
mandan.
Bibliografía
- Martínez Marzoa, F. (2018). La filosofía del capital. (2º Ed.). Madrid: Abada Editores, 2020.
-Teixidó, O. (2024). Introducción a la filosofía de la ciencia sistemática en psicología (2ª Ed.). Córdoba: Psara Ediciones.
-Berger, P. L.; y Luckmann, T. (2019). La construcción social de la realidad. (1ª ed. 25ª reimp). Buenos Aires-Madrid: Amorrotu ediciones.
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-Unesco (1977). Historia de la humanidad. El siglo XIX II (t. 8). Buenos Aires: Planeta Sudamericana.
-Ridge, M. (1993). Atlas of American Frontiers, Chicago: Rand McNally.
-Martínez Coello, M. A. (31-05-2017). Urbano Feijóo de Sotomayor, negrero y diputado por Ourense. Faro de Vigo. https://www.farodevigo.es/opinion/2017/05/31/urbano-feijoo-sotomayor-negrero-diputado-16346679.html
[1] Artículo
1265 del Real Decreto de 24 de julio de 1889 por el que se publica el Código
Civil:
Será nulo el consentimiento prestado por error,
violencia, intimidación o dolo.
[2]
Con la distinción de explotación legal e infralegal establezco de forma tajante
que la relación salarial siempre supone un grado de explotación absoluto y
relativo, atendiendo al concepto explotación en su sentido, significado y
concepto propio y original del análisis teórico marxiano, en tanto que encubre
cierta cantidad de trabajo no pagado, origen del beneficio capitalista definido
como plusvalía. Para una mejor comprensión de concepto y para una demostración
de la misma, sugiero consultar Latorre Masanes, D. (2020). La fórmula de la
plusvalía. [Ultima versión pendiente de validación para su publicación en
revista científica].
https://archive.org/details/equilibrio_oferta_demanda/mode/2up.
La explotación legal viene
a ser, como su nombre indica, aquella reconocida por el sistema jurídico-legal
del aparato estatal como una actividad válida que, para entendernos, sería
contratar a un trabajador y emplearlo respetando los mínimos que establecen las
leyes y los convenios colectivos. En el sentido contrario, tendríamos la
explotación infralegal, la cual suele ser, para el profano, la única que se suele
denominar explotación, no en el sentido técnico marxiano, si no en un sentido más
prosaico referido a un abuso de poder aprovechando la asimetría
empresario-trabajador o directamente esclavitud o robo. Tampoco es que vayan
muy desencaminados con esto último: las horas extras no pagadas equivalen a
trabajar sin recibir ningún tipo de retribución, al igual que la figura de la
esclavitud, el amo se convierte en propietario de los frutos del trabajo de su
propiedad.
La explotación infralegal,
si bien no será formalmente legal -se trata de ilícitos civiles-, supondrá una
fuente de provecho paralela de la que se nutre la patronal; los gobiernos
adoptarán políticas de mayor tolerancia o represión de la misma. El caso de
España con las horas extras impagadas es ilustrativo: 2,61 millones de horas
extras equivalentes a 3.254 millones de euros anuales (2024) son robadas por la
patronal con la aquiescencia del Estado, siendo indiferente el color
gubernamental vistos los resultados de sus políticas. Otro caso, este sí
felizmente superado, es el del contrato por obra y servicio; un tipo
contractual temporal que la última reforma laboral de 2022 el cual, durante
décadas, había venido siendo celebrado mayoritariamente en fraude de Ley,
encubriendo millones de contratos indefinidos. Por otro lado, qué explotación
queda dentro de ámbito legalizado y cual fuera no es una realidad fija: a tenor
de fatores como el grado de desarrollo industrial del país, de su posición en
la dinámica centro-periferia, de las distintas estrategias gubernamentales de
captura de riqueza en los circuitos globales, la rentabilidad media de la
patronal patria y del grado de conciencia y organización de sus trabajadores,
así el derecho laboral y su aplicación efectiva será más o menos tuitivo del
polo obrero. La intensidad de la protección se explica en inclusión de más
derechos que, en última instancia, aumenten las transferencia de renta del polo
patronal a los trabajadores -salarios legales y convencionales mayores,
jornadas inferiores, vacaciones retribuidas más largas, mayor número y
extensión de los permisos retribuidos, causas de despido más reducidas y
difíciles de acreditar; obligación de readmisión como consecuencia preferente
al despido injusto; y salarios de trámite e indemnizaciones muy abultadas en el
resto de casos-. De igual forma, la diferencia de situación laboral de un pais
respecto a otro puede resultar tan abismal que se interprete en términos de
explotación.
[3] Michael Roberts blog Blogging from
a Marxist economist. A world rate of profit: important new evidence. 22-01-2022.
Michael Roberts.
[4] «La propiedad es
el antiguo derecho señorial de albarranía que el propietario se atribuye sobre
una cosa marcada por él con su insignia” nos dirá Proudhon, siendo asi que tal
exclusión universal permite al titular cobrar alquiler por el permiso para
acceder o usar. El elemento sacramental del concepto propiedad no solo se
infiere de las definiciones de los jurisconsultos romanos, recuperados más
tarde por los ilustrados como bien reproduce Proudhon -y que podemos ver hoy en
los Códigos Civiles europeos-, si no que es algo bien descrito por la
antropología. Graeber y Wengrow describen la profunda similitud entre la noción
de propiedad privad y la noción de sagrado, siendo ambas en esencia, estructuras
de exclusión. Lo sagrado es «lo que esta aparte, retirado del mundo, colocado
en un pedestal, siendo esa idea de exclusión sobre la que descansa el paradigma
cosmogónico europeo. En Proudhon, P. J. (2005) ¿Qué es
la propiedad? Investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno.
1a. ed. Buenos Aires: Libros de Anarres. Pág. 129 y ss.; D. Graeber y D. Wengrow. (2023). El amanecer
de todo. 2a. ed. Barcelona: Planeta. Págs. 197-206
[5] «Artículo
2 del Código de Negros de Texas de 1866:
Todo trabajador
tendrá plena y perfecta libertad para elegir a su empleador, pero una vez
elegido, se le permitirá abandonar su lugar de trabajo hasta el cumplimiento de
su contrato, salvo con el consentimiento de su empleador, o por causa de trato
severo o incumplimiento de contrato por parte del empleador, y si lo hace sin
causa o permiso, perderá todos los salarios devengados hasta el momento del
abandono.»
[6]
K. Marx y F. Engels (1981), Obras escogidas en tres tomos, Moscú: Editorial
Progreso, Tomo I, pág. 404 a 498.
[7]
El papel del Estado tardocapitalista puede reducirse, sin ánimo de total
exhaustividad, a las siguientes funciones: garante de la paz social mediante el
selectivo acceso distributivo a las masas, socializador de pérdidas privadas,
función represiva y preventiva, aparato ideológico, formador de capital humano,
administrador de la reproducción social, contable general de pingüe surtidor de
beneficios a través de contratas y licitaciones, y arbitro en las disputas
entre facciones burguesas, y colaborador en los entramados imperiales-militares
en la búsqueda y expansión de nichos de negocio de los conglomerados
industriales de sus oligarcas.
[8] En
marcado contraste con cómo se interpretaba y definía la vagabundancia en otras
partes de Estados Unidos, los Códigos Negros definían legalmente a los negros
desempleados como vagabundos y, por tanto, los sometían a castigos legales. Los
norteños rara vez ordenaban leyes de vagancia contra los desempleados; en
cambio, normalmente castigaban a prostitutas y criminales como vagabundos. En
Mississippi, si los afroamericanos eran condenados por vagancia, se les imponía
una multa. Sin embargo, si no pudieran pagar esa multa, un empleador podía
pagarla por ellos y obligar a la persona a pagar la deuda, con intereses. En
otros lugares, recordando a las subastas de esclavos anteriores a la guerra
civil, las autoridades locales subastaban a los negros condenados por vagancia
a empleadores que hacían ofertas por su trabajo. En https://www.encyclopedia.com/history/united-states-and-canada/us-history/black-codes
[9](…)
and who is society? There
is no such thing! There are individual men and women and there are families and
no government can do anything except through people and people look to
themselves first
(…) ¿y quién es la sociedad? ¡Eso no existe! Hay
hombres y mujeres individuales y hay familias, y ningún gobierno puede hacer
nada salvo a través de la gente, y la gente mira primero a sí misma.
Archiconocidísima frase de Margaret Thatcher expresada
en una entrevista para la revista Woman's Own (23-09-1987) disponible en
Fundación Margaret Thatcher (https://www.margaretthatcher.org/document/106689).
[11]
«El emergentismo propone clásicamente que el conjunto tiene más que sus partes.
O dicho mejor: hay rasgos en las cosas que no se encuentran en los componentes
que constituyen esas cosas. Y quién dice rasgos, dice propiedades o
características de las cosas (van juntas).
Ejemplos de emergencias:
· La acidez de la molécula
de ácido clorhídrico HCl, que no está presente en el H+ y el -Cl por separado
· H2O no tiene fluidez,
pero sí una agregación de H2O
· Un bazo él solo no hace
nada, pero un sistema inmunológico en un organismo sí
Y no se queda en lo
físico-químico: también la sociedad tendría propiedades que emergen y los
individuos en solitario carecen (el PIB de un país -cuya división individual
solo sería artificio numérico- o un gobierno y su gestión, que no se reduce a
los solos ciudadanos). Incluso se habla de que los procesos mentales emergen de
los cerebrales en conjunción con otros tejidos en acción.»
Teixidó,
O. (2024). Introducción a la filosofía de la ciencia sistemática en psicología
(2ª Ed.). Córdoba: Psara Ediciones. Págs. 180-198, 208-211, 229-30,
292-311.
[12]
«¿Qué es la sociedad, cualquiera que sea su forma? El producto de la acción
reciproca de los hombres. ¿Pueden los hombres elegir libremente esta o aquella
forma social? Nada de eso. A un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas
productivas de los hombres, corresponde una determinada forma de comercio y de
consumo. A determinadas fases de desarrollo de la producción, del comercio y
del consumo, corresponden determinadas formas de constitución social, una
determinada organización de la familia, de los estamentos o de las clases; en
una palabra, una determinada sociedad civil. A una determinada sociedad civil,
corresponde un determinado régimen político, que no es más que la expresión
oficial de la sociedad civil. Esto es lo que el señor Proudhon jamás llegara a
comprender, pues el cree que ha hecho una gran cosa apelando del Estado a la
sociedad civil, es decir, del resumen oficial de la sociedad a la sociedad
oficial. Huelga añadir que los hombres no son libres de escoger sus fuerzas
productivas base de toda su historia, pues toda fuerza productiva es una fuerza
adquirida, producto de una actividad anterior. Por tanto, las fuerzas
productivas son el resultado de la energía practica de los hombres, pero esta
misma energía se halla determinada por las condiciones en que los hombres se
encuentran colocados, por las fuerzas productivas ya adquiridas, por la forma
social anterior a ellos, que ellos no han creado y que es producto de las
generaciones anteriores. El simple hecho de que cada generación posterior se
encuentre con fuerzas productivas adquiridas por las generaciones precedentes,
que be sirven de materia prima para la nueva producción, crea en la historia de
los hombres una conexión, crea una historia de la humanidad, que es tanto más
la historia de la humanidad por cuanto las fuerzas productivas de los hombres
y, por consiguiente, sus relaciones sociales han adquirido mayor desarrollo.
Consecuencia obligada: la historia social de los hombres no es nunca más que la
historia de su desarrollo individual, tengan o no ellos mismos la conciencia de
esto. Sus relaciones materiales forman la base de todas sus relaciones. Estas
relaciones materiales no son más que las formas necesarias bajo las cuales se
realiza su actividad material e individual». Karl Marx. Carta a P. V. Annenkov
(1846)
[13]
Berger, P. L.; y Luckmann, T. (2019). La construcción social de la realidad.
(1ª ed. 25ª reimp). Buenos Aires-Madrid: Amorrotu ediciones. Cap. II. La
sociedad como realidad objetiva, pags. 65-70.
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