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Extremocentrismo.

Es esa actitud conforme con no hacer nada, nada heroico. Quien la profesa deglute gustoso la propaganda sobre el sacrosanto Progreso, duerme la ausencia total de épica, goza la hipérbole de lo mundano, mientras la música siga sonando -aunque sólo para ellos-. Otro día más en la oficina, vida de funcionario gris o de empleado de empresa pública con convenios de gorro frigio; vida repetitiva pero segura. No por talento ni por talante, vastó sólo un esfuerzo: el esfuerzo de nacer en el momento oportuno. Nacer en época propicia, de expansión global del capital, surfear las últimas políticas intervencionistas y aprovechar las muchas plazas recién sacadas del horno dispuestas para la compra de la paz social. Entregados entonces a las fuerzas normalizadoras de la miseria de las siguintes generaciones, la explotación, la  aberratio ; ellos, por el contrario, alzan sus copas. Porque -dirían ellos- por más que digan los cenizos, el sistema «funciona». Todo es perfectamente «normal». Los domi...

Vencer.

Vencer despues de muerto como Arraquión, coronando de laurel y acebuche.

La guerra nunca cambia.

Niños soldado matan por ser y no saberse idiotas, los mandaban viejos próceres de parloteo politano. La reververancia de la jerga embellecida, susurra entre líneas las miserias de un mundo hostil. Moles de hormigón armado, ríos de anuncios, imágenes sensibles, trovadores electrónicos; y nanomáquinas biológicas que, por partenogénesis, extienden alfombras rojas por doquier. Bajo la moqueta, aire pestífero para pulmones con tuberculosis, refugiados climáticos contándose por cientos de millones, colonias de células cancerígenas poblando intestinos, océanos ácido. En esas, altos mandos,  entrados en canas, andan enloquecidos como bárbaros intramuros del imperio. Construyen ciudades-acuáticas trazando líneas en los desiertos arábigos, y flotan hoteles turísticos en estaciones espaciales tan privadas. Estertores aberrantes de una era que se muere. Muchas de las manos que izaron esas pirámides ciclópeas acabarían muertas junto a sus portadores. La megamáquina extractiva, picadora de carne...

Donde está el…

Es en la capacidad creativa, metabólica, expansiva, acumulativa, excedentaria, caótica, métrica y transformativa, del ser humano, que lo divino se manifiesta. De esta forma, la experiencia humana colectiva, se dirige al concepto-límite, sin alcanzarlo jamás, como una asíntota. Pero en su desarrollo, se ven incrementados sus poderes causales. En este sentido, Dios no está en el Principio, si no al Final.

En la sociedad…

En la sociedad-productora-de-mercancías, todos somos propietarios de algo que vender, pero no todos tenemos la misma capacidad de compra. Los menos, tienen sus activos y capitales, con sus frutos naturales, civiles e industriales; saben y pueden vivir sobre o del trabajo ajeno. Los más, tienen solo eso: su capacidad de trabajo, que venden y venden y venden, por la coacción impersonal de una institucionalidad determinada, una muy concreta: la de la escasez artificial, la de la desposesión de medios de vida en la producción y distribución de valores de uso, la del derecho igual a la propiedad desigual. El látigo del hambre de Bentham, la compulsión muda del dinero, el brazo cinético de un mundo fabricado, la rama violenta de la no violencia.

La ciudad de los pájaros.

Contaba Aristófanes, en un tiempo pasado del que milenios les separaban, que Pistétero, arquitecto celeste, quiso convencer a su comunidad para que se embarcara en una empresa titánica de extraordinaria dificultad técnica: construir Nefelococigia, la ciudad de las nubes y los pájaros. Muchos charlatales se apresuraron vender sus recetas mágicas para realizar la hazaña: adoradores del fuego, comedores de serpientes, intérpretes del vuelo de las aves, alquimistas de argamasas mágicas hechas de sangre de vestal y grasa de náyade, y un largo sin fin de timadores vistiendo el himatión, se dieron cita para venderle sus recetas. Ni que decir tiene que aquellos tiempos carecían de los rudimentos tecnológicos, la capacidad industrial y la comprensión socioecómica para enfrentar exitosamente dar cuerpo a tamaña creación. El sueño de Pistétero dejó atrás su calidad etérea cuando Konstantin Tsiolkovski presentó el primer diseño funcional de una estación espacial. El diseño de nuevas aleaciones, de...

Los demócratas.

—Y aquí… aquí cómo funcionais —Dijo Hermes. —Aquí el reparto de tareas tiene en cuenta las habilidades y gustos de cada uno. Además de que tenemos un sistema de rotación para aquellos que se aburren fácilmente y necesitan ir cambiando. Para las tareas mas penosas, duras o peligrosas existe un doble circuito de sorteo sobre una bolsa previa de voluntarios, además de una asignación distributiva extra en la cesta de consumo. Hasta ahora no ha sido necesario recurrir al sorteo forzoso, ni tampoco al mandato expreso. En la ejecución de las tareas no se calcula el aporte de cada cual, siquiera en horas de trabajo, ni se exige un rendimiento concreto: basta con «cumplir» con un mínimo de diligencia, dentro una relación de reciprocidad básica. —Dijo Orestes. —No tenéis inspecciones … —Inquirió Hermes. —Hay un comité de supervisión, también escogido por sorteo, que certifica la calidad de las tareas realizadas; pero se constituye ad hoc tras la demanda de un ciudadano, por lo que ha tenido poca...